José Emilio Pacheco

Lo prometido es deuda y aquí el poeta de la semana, José Emilio Pacheco, quien ganó el Premio Cervantes días atrás. Gran poeta y ensayista, os dejaré una de mis poesías favoritas de este grande y modesto hombre, quien en la ceremonia de entrega agradeció y transgredió su descubrimiento de “una realidad que es ficción”.

El momento de la anécdota, con qué grandeza y humor se lo toma este poeta. No es un momento de burla, sino para demostrar cómo uno puede reírse de sí mismo y continuar adelante con la cabeza bien alta.

Y si no has visto las noticias, no tienes claro todavía quién es José Emilio Pacheco, no te preocupes que aquí te lo contamos. Este poeta, novelista, ensayista, traductor y cuentista nació en méxico el 30 de dieiciembre de  1939, es considerado de la “generación de los 50”, fue reconocido como hombre de letras desde muy joven. A lo largo de su vida ha recibido muchos premio y reconocimientos que alaban toda una carrera a la que le quedan muchos años todavía.

La mayoría de sus títulos poéticos están recogidos en el libro Tarde o temprano (Poemas 1958 – 2000) (México: FCE, 2000), que reúne sus primeros seis libros de poemas: Los elementos de la noche, El reposo del fuego, No me preguntes cómo pasa el tiempo, Irás y no volverás, Islas a la deriva, Desde entonces, a los que han seguido Los trabajos del mar, Miro la tierra, Ciudad de la memoria y un volumen de versiones poéticas: Aproximaciones.

A continuación, una de esas poesías que tienen que ver con el sentimiento de la semana:

El reposo del fuego

(Don de Heraclito)

Pero el agua recorre los cristales
musgosarnente :
ignora que se altera,
lejos del sueño, todo lo existente.

Y el reposo del fuego es tomar forma
con su pleno poder de transformarse.
fuego del aire y soledad del fuego.
al incendiar el aire que es de fuego.
Fuego es el mundo que se extingue y prende
para durar (fue siempre) eternamente.

Las cosas hoy dispersas se reúnen
y las que están más próximas se alejan:

Soy y no soy aquel que te ha esperado
en el parque desierto una mañana
junto al río irrepetible en donde entraba
(y no lo hará jamás, nunca dos veces)
la luz de octubre rota en la espesura.

Y fue el olor del mar: una paloma,
como un arco de sal,
ardió en el aire.

No estabas, no estarás
pero el oleaje
de una espuma remota confluía
sobre mis actos y entre mis palabras
(únicas nunca ajenas, nunca mías):
El mar que es agua pura ante los peces
jamás ha de saciar la sed humana.

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